Las hijas e hijos de los diáconos en el itinerario vocacional del padre (III)

Las hijas e hijos de los diáconos en el itinerario vocacional del padre (III)

Diác. Gonzalo Eguía
Coordinador de Servir en las periferias
Bilbao, España, 1 de diciembre de 2020

Concluimos con estas líneas la reflexión que hemos dedicado, a lo largo de las dos ultimas editoriales, al lugar de las hijas e hijos de los diáconos en el itinerario vocacional del padre. Tras haber analizado sucintamente las referencias sobre ellas y ellos en los documentos diaconales de la Iglesia Universal y de las iglesias locales, nos disponemos ahora a intentar señalar oportunidades y retos, también debilidades y lagunas, que a este respecto se está pudiendo dar en la vida de nuestra Iglesia.

En teoría nadie pone en duda que la propia familia del diácono se convierte en el primer lugar diaconal, la pequeña iglesia doméstica se constituye en el «humus» del ministerio diaconal del padre. Otra cosa es la experiencia cotidiana del ministerio en este ámbito. En la práctica, de forma errónea, hay ocasiones muy habituales en que únicamente se valora principalmente la labor que el diácono presta en las labores pastorales que el obispo le encomienda tras su ordenación. Y a nadie se le oculta que, por una falta de reconocimiento de este lugar primigenio del ministerio diaconal en la familia, hay ocasiones que la atención a la familia y a la pastoral se perciben en colisión.

Este hecho ha llegado incluso a analizarse desde la perspectiva del derecho canónico, Juan González Ayesta, por ejemplo, en su artículo «Algunas consideraciones sobre la actual regulación de los derechos y deberes de los diáconos permanentes» -IUS CANONICUM, XLVII, N. 94, 2007, págs. 415-438-, interpretando el canon 274 §2, que habla de la obligación que asume el diácono de desempeñar fielmente la tarea que le encomienda su obispo, cuando hay colisión con situaciones de necesidad en la familia afirma: «pienso que las obligaciones familiares podrían excusar, en ciertos casos, al diácono del cumplimiento de sus tareas ministeriales (por ejemplo, en caso de que
fuese necesario prestar una mayor atención a la educación de los hijos, o una mayor dedicación a la esposa; o en casos de enfermedad, o de accidentes o desgracias en el marco de la propia familia, etc.).

Si la familia es el primer lugar del ejercicio ministerial del diácono, no debe haber colisión alguna entre el servicio que este hace en el hogar, y el que hace en sus tareas pastorales. Es más, parece lógico pensar que no debiera de desatenderse esa iglesia doméstica, para atender otras tareas y ministerios, lo que podría llevar a vivir una esquizofrenia espiritual.

Desde esta enfoque, se entiende que el diácono y su esposa aportan su servicio esponsal y diaconal a sus hijas e hijos, pero también estos aportan a sus padres, también en el itinerario vocacional del padre diácono. Un diácono padre de familia no puede dejar de comunicar la Buena Noticia en su hogar, ni tiene que dejar de escuchar la Buena Noticia que sus hijos, tengan la edad que tengan, le comunican en nombre del Señor Resucitado. se trata de un ejercicio bidireccional, y de uno de los primeros «signos de los tiempos» que debe escrutar el diácono, junto a su esposa hacia su prole, y de estos hacia sus padres. El Señor habla cuando, donde y como quiere, por medio de su Espíritu.

Rara es la situación en la que una hija o un hijo no valore la opción de servicio del padre diácono, junto a su madre, constituyéndose en un referente para sus vidas. Pero también es verdad que en la vivencia de esa paternidad responsable y evangélica del padre diácono -candidato en formación o ya ordenado- se suelen dar dos situaciones que se perciben de diferente manera y que nos gustaría brevemente profundizar.

Muchos hogares de diáconos permanentes son, en todos sus miembros, o en la mayoría de ellos, un hogar o un familia cristiana. La experiencia de fe es compartida, así como la llamada a la misión que comporta. La vida de la familia tiene un lenguaje y unas apuestas vitales similares. Así y todo, las hijas e hijos de estas familias interrogan y cuestionan al padre diácono haciéndole llegar los retos y preocupaciones que sus conciudadanos viven y experimentan. No hay duda que en muchos de esos cuestionamientos resuenan la voz de Jesús.

Hay también otras experiencias de familias diaconales donde la fe no es un valor compartido por las hijas e hijos de diáconos permanentes. Algunos diáconos lo viven en paz, valoran sus vidas de generosidad, de entrega de solidaridad, de justicia, entienden que el Señor se hace presentes en sus vidas, recordando aquella definición de Karl Rhaner de «cristianos anónimos». Saben que Dios camina junto a ellos y agranda sus existencias con una mirada abierta al mundo y a las necesidades de los últimos. Es más, siguiendo la orientación de estas letras, se dejan interpelar por ellas y ellos, pues entienden que en la voz de un niño, de un adolescente, de un joven o adulto coherente, puede ser el mismo Jesucristo quien les habla. Los más jóvenes, miembros de otra generación, además de contradicciones y pecados, aportan también a sus padres diáconos otras perspectivas sobre la vida, el mundo, la naturaleza, la religión, la fe, las relaciones humanas y sociales…

Pero hay también otras familias diaconales donde este no compartir la fe se vive como un fracaso, ¿Qué hemos hecho mal?, ¿Porqué no creen?, ¿Cuál es la razón de este fracaso?, y no me refiero a vidas que pueden ser conideradas como antitestimonios de hijas e hijos, sino a vidas que, desde una coherencia personal no pueden afirmar la presencia de Dios en sus vidas, a no ser que hagan de ellas un teatro. En muchas ocasiones el diácono y su esposa llegan a formularse esas preguntas por comentarios y opiniones de otros cristianos y cristianas que critican las vidas de sus hijas e hijos. Sus vidas no corresponden a lo que se entiende como lo «normal», lo «acostumbrado», lo «siempre se ha vivido o se ha hecho dentro de la iglesia»… He visto en mis años de diácono a hermanos que ocultan las vidas de sus hijas e hijos, avergonzados, porque su estilo de vida no corresponde con lo que se esperaba de una hija o un hijo cristiano, mucho menos de una hija o un hijo de un diácono. Yo me pregunto, ¿en estas situaciones la familia deja de ser el primer lugar del ministerio diaconal? ¿no debe ser anunciada la Buena Noticia de Jesús con el testimonio propio del diácono y su esposa?, pero también me pregunto con inquietud ¿no sigue hablando el Espíritu del Señor por esas vidas, en un primer momento no entendida o compartida? ¿no pueden ser «signos de los tiempos» a escrutar en familia? ¿no debe aportar el diácono, único miembro de la jerarquía que comparte el sacramento del orden -en el diaconado- y el del matrimonio, esas experiencias para enriquecer la vivencia de la fe en la comunidad? ¿no se nos está pidiendo que esta especificidad se haga manifiesta en tantas experiencias, situaciones, problemáticas… que vivimos quienes seguimos a Jesucristo? ¿No son estos retos unas oportunidades para concretar hoy en la Iglesia ese lugar significativo de las hijas y los hijos de los diácono?

Si de algo estamos orgullosos los diáconos en esta vida, junto nuestras esposas, son las vidas de cada una de nuestras hijas e hijos. A través de ellas y ellos seguimos escuchando la llamada de Dios a entregarnos. En muchas ocasiones son el revulsivo que necesitamos para no desfallecer, en otras sus cuestionamientos y preguntas, especialmente las que huelen a Evangelio, las percibimos como una llamada de atención y de recolocarnos en la vida como esposos, padres y diáconos para poder responder hoy y aquí al imperativo de evangelizar. En otras, por último, sus interrogantes nos cuestionan sobra la coherencia de nuestro seguimiento de Jesús, y percibimos también nuestra propia limitación y pecado, al no estar cerca de tantas personas que nos necesitan.

Desde estas líneas deseamos agradecer a todas las hijas e hijos de los diáconos permanentes del mundo su generosidad, su apoyo, su amor, agradecemos también sus preguntas, sus interrogantes, sus dudas, sus cuestionamientos, sus vidas que en ocasiones no comprendemos, pero que sabemos son habitadas por Dios en cada gesto de amor que nos ofrecen, y que ofrecen a tantas personas que junto a ellas y ellos caminan. Que el Señor continúe bendiciendo sus existencias.

Desde Brasil hemos conocido una buena noticia ecuménica, la designación del diácono Amauri Dias de la archidiócesis de Belo Horizonte, como presidente del Consejo Nacional de Iglesias Cristiana de Brasil (Conic-MG), para el bienio 2020-2022. En este mismo país la Comisión Nacional de los Diáconos de Brasil (CND) ha dado a conocer la puesta en marcha de su Instagram.

En Venezuela se ha producido la primera ordenación de un diácono indígena, se ha llevado a cabo en el Vicariato apostólico del Caroní, siendo ordenado diácono un miembro de la etnia Pemón Kamaracoto.

En España se acaba de publicar el programa del XXXV Encuentro de diáconos de las diócesis españolas, debido a la pandemia se realizará en formato online de un solo día. Además se ha conmemorado el cuarenta aniversario de la primera ordenación diaconal en ese país.

El Informativo aporta varios testimonios diaconales, algunos de ellos relacionados con el servicio diaconal en tiempo de pandemia, otros también interesantes, como el diácono Alirio Cáceres de la archidiócesis de Bogotá.

En el apartado de «Artículos», la colaboradora de Servir en las periferias, Montserrat Martínez, presenta dos interesantes artículos, uno de ellos titulado «Las viudas de los diáconos permanentes», y el otro, en dos entregas «Vivencia del diaconado como esposa de diácono». El diácono portugués Joaquim Armindo sigue ofreciéndonos su aportación mensual. Y el diácono Mauro Albino -de quien el Informativo presenta un artículo sobre su ministerio en contra del mundo de la drogadicción en Guatemala y Salvador- escribe sobre «Después de la pandemia…».

En la sección «Conociendo una escuela diaconal», hacemos reseñas de dos Escuelas: la de la diócesis de Valle del Chalco, México, y la de la archidiócesis de Bogotá en Colombia.

Acabamos de comenzar el tiempo de Adviento que nos llevará hasta la Navidad. Mas que nunca necesitamos vivir el don de la esperanza activa y evangélica en estos tiempos duros de pandemia. Al Niño Dios le pedimos estar vigilantes ante su presencia en medio de la historia personal de cada cual. Aprovechamos también para desear a quienes seguís este Informativo y la Web una Feliz, Santa y Solidaria Navidad.

En nombre del Equipo Coordinador y de Redacción, un abrazo fraterno.

Gonzalo Eguía

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