Tres nuevos diáconos en la Iglesia de Lleida

Este domingo día 3 de mayo, en la Catedral, celebraremos el sacramento del Orden en el grado de Diaconado, un ministerio al que pueden acceder hombres célibes y casados y al que el Concilio Vaticano II dio un nuevo relieve. La Constitución Lumen Gentium (cfr. N.18) señala que los diáconos permanentes reciben la imposición de las manos “no en orden al sacerdocio”, es decir para ofrecer en nombre de Cristo el sacrificio eucarístico, “sino para servir” en comunión jerárquica con el obispo y los presbíteros (LG 29) y en estrecha conexión con los laicos comprometidos en la Iglesia. Son los encargados de la diaconía de Jesucristo, signo o sacramento del mismo Señor, que no vino para ser servido sino para servir.

El sacramento que reciben los capacita para realizar su servicio con una eficacia particular (Ad Gentes 16), pero la Iglesia les pide que sean personas probadas e irreprochables, sinceras y dignas, íntegras en guardar el tesoro de la fe, generosas y compasivas, y capaces de guiar a su propia familia (CDC, 1029). Con la madurez humana necesaria (responsabilidad, equilibrio, buen criterio, capacidad de diálogo) y la práctica de las virtudes evangélicas (oración, piedad, sentido de Iglesia, espíritu de pobreza y obediencia, celo apostólico, disponibilidad y amor a los hermanos) (Ratio, 30-32).

Además del discernimiento y reflexión sobre el significado de la vocación diaconal está la necesaria preparación teológica, pastoral, espiritual y comunitaria, la recepción de los Ministerios laicales (lector y acólito) y la inserción pastoral que irá concretándose luego en diversos campos: la acción caritativa y social en todas sus vertientes; la espiritualidad y la acción litúrgica (sacramental o no); la pastoral de la Palabra en diferentes niveles; la administración y participación en el gobierno de la comunidad… El Papa Pablo VI, en 1967, dispuso también que el diácono puede “guiar legítimamente, en nombre del párroco o del obispo, las comunidades cristianas lejanas”. Es una función misionera para los territorios, los ambientes y los grupos donde falta el presbítero o no se le puede encontrar con facilidad. Pero, más allá de las actividades concretas, la misma presencia del diácono es un don, en tanto que constituye un signo sacramental de Cristo Siervo y promueve la vocación a servir, común a todo el pueblo de Dios. En nombre de Cristo y con la gracia de su Espíritu, los diáconos sirven e incitan a servir y recuerdan también a los otros dos grados del orden sagrado (sacerdotes y obispo) que su misión es un servicio.

Habría que añadir que el diácono no es un sustituto del presbítero ni menos una amenaza a la participación de los laicos llamados a ser miembros vivos en la acción pastoral de la Iglesia. Más aún, entre las tareas del diácono está la de promover y sostener las actividades apostólicas de los laicos. Estando presente y más insertado que el presbítero en los ambientes y en las estructuras seculares, debe sentirse impulsado a favorecer el acercamiento entre el ministerio ordenado y las actividades de los laicos en el servicio común al reino de Dios, siendo testigo cualificado de la vida cristiana. Y, como decía un laico miembro de un Consejo de Pastoral, su misión debería ser hacer de bisagra entre la sociedad civil y los clérigos… y no debería oler a sacristía, sino a calle.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

+ Joan Piris Frígola,

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