Montserrat Martínez: «Vivencia del diaconado como esposa de diácono II»

Vivencias en el acompañamiento del diaconado de mi esposo, en las distintas etapas de las edades de los hijos

Llegó el momento de la primera ordenación en el Estado español, el 8 de noviembre de 1980. Pocos meses después, el Cardenal Jubany ordenó a mi esposo, en nuestra Parroquia. Estuvimos acompañados por nuestras familias, por sacerdotes de la diócesis, por muchos miembros de la comunidad parroquial, por compañeros de nuestros trabajos. Yo miraba a Aurelio, estirado en el suelo, y miraba a nuestros pequeños, con sus vestidos de fiesta, y pensaba: “¡La que me espera!”. Después, al recibir la comunión de sus manos, di gracias a Dios por el don que él recibía, no para él sino para los demás, y sentí que nuestro compromiso de amor mutuo, de amor a Cristo y a la Iglesia, crecía; pedí al Señor que me hiciera fuerte, y a la vez, humilde y confiada.

Ciertamente, en esta primera etapa de acompañamiento y apoyo del diaconado de mi esposo, con los hijos pequeños, pasé muchos momentos de cansancio por el trabajo intenso, fuera y dentro de casa, de cierto desánimo y soledad; pero también hubo un aumento de oración juntos, de diálogo y esperanza. Los niños veían con naturalidad y un cierto orgullo las tareas diaconales de su padre, verle cerca del altar en las celebraciones litúrgicas, acompañando al párroco o al obispo, revestido con el alba y la estola, en ocasiones con la dalmática; las tareas diaconales exigían muchos momentos de ausencia de su padre, pero también esto lo fueron viviendo y aceptando sin problema, asumiendo que esta dedicación a la Iglesia era fruto de su vocación y nos veían a su padre y a mí, felices.

Los hijos iban creciendo; llegados a la adolescencia, su sentido crítico iba desarrollándose y cada vez más comparaban su situación personal y familiar con la de sus compañeros y amigos. Es sabido que los adolescentes sufren a menudo la presión de grupo; lo que los compañeros y amigos piensan y dicen es mil veces más importante que lo que piensan y dicen sus padres o maestros. En una sociedad cada vez más secularizada, el sentimiento religioso de los compañeros de nuestros hijos, muchas veces inexistente, influyó en su fe todavía poco madura y en la práctica religiosa que les habíamos inculcado. En ocasiones, la hija menor accedía a participar en alguna celebración religiosa, después de un largo diálogo; especialmente, si se trataba de una celebración en el colegio religioso en el que los cuatro estudiaban, tenía mucha reticencia en asistir y, si finalmente lo hacía, decía a su padre: “No hagas de diácono, porque ¿qué van a decir mis amigas?”.

En esta etapa me asaltaban muchos interrogantes; algunos estaban relacionados con la necesidad que tienen los adolescentes de tener modelos seguros, coherentes: ¿Les habíamos dado un testimonio claro y firme?, ¿Habíamos dialogado bastante con ellos? Por otra parte, me preocupaba la gran dedicación que mi esposo concedía a su ministerio diaconal; siempre decimos que en la doble sacramentalidad específica que recibe el diácono casado, el matrimonio y la familia han de ocupar un lugar privilegiado, pues él contrae Matrimonio primero y después es ordenado diácono; una vida familiar fuerte y sólida enriquece la vida ministerial: ¿No descuidaba mi esposo su atención a los hijos por dedicar la mayor parte de su tiempo a las tareas diaconales?

Una vez más, mi oración fue pedir a Dios que guiara nuestros pasos, y a la Virgen Madre que nos ayudara a ser buenos padres; no perfectos, pues esto es imposible, sino generosos, abiertos al diálogo y a la crítica constructiva, dispuestos a perdonar y a pedir perdón.

Y así ha sido. Hoy podemos decir que la semilla ha dado buen fruto, porque confiamos en el sembrador y nosotros hemos procurado regarla con dificultades y gozos, con agradecimiento y alabanza al Señor. Nuestros hijos son adultos, han creado sus propias familias; no siempre entienden las actitudes de su padre, pero las aceptan y están contentos al ver que nosotros somos felices al intentar ser fieles al compromiso inicial y a la opción fundamental que ha marcado nuestras vidas.

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